Fragmento final del artículo de costumbres publicado en la entrada anterior
Sentada yo aún en mi banco, en silencio, vi acercarse poco a poco a Clara, el reflejo del espejo de mi ser. Ella, a mi lado ahora y su siempre sonrisa iluminando el recoveco donde estamos.
– Lo has vuelto a hacer.
De su boca, junto con sus palabras, escapa también un aliento que, congelado en apenas unos segundos, se esparce, teñido de blanco y desaparece moldeándose antes en mil y una formas en la grandeza de la plaza, igual que los corazones de la sociedad que siempre nos ha rodeado, fríos, congelados y con ansias de pasar desapercibidos, moldeándose para parecer idénticos a los del resto y no destacar, no ser la oveja negra del blanco rebaño.
– Ya.
– Están preocupados.
– Dime, mira a tu alrededor, que ves?
– No saben donde estás, ni con quien – desplazando la cabeza hacia ambos lados, piensa, con desdén «Nunca vas a cambiar» –. Árboles, veo árboles, simples árboles.
– Árboles, cierto, estamos rodeadas de solo unos pocos de ellos. Pero, cierra tus ojos un momento, atenta, imagina que estamos en medio de más árboles, muchos más árboles… estamos sentadas en un banco, en el mismo que ahora, pero en medio de un campo repleto de limoneros. Limoneros por todas partes, limoneros por delante, por detrás, a nuestros lados… todos veteados de amarillo y en medio de ellos, un naranjo. Un naranjo, sí, que criado en medio de ellos ha pasado
desapercibido hasta que sus características innatas han florecido, han salido a la luz, en vez de nacer en el limones han dado naranjas, no limones, naranjas. ¿Puedes imaginar lo que supone? De él se esperaba que siguiera el ejemplo, que imitase el modelo considerado más correcto por los demás y no ha cumplido, no ha dado limones, por lo que seguramente el dueño del limonar lo sustituya por otro limonero o no lo cuide como debería… así pasa hoy en día, todos somos limoneros, pero, ¿y si algún naranjo nace? ¿Y si se niega a querer dar limones?
Nuestra conversación no tiene mucho significado para ella, por lo que decido callarme y seguir merodeando por los caminos de mis pensamientos. Aunque si algún día llegase a comprender mis pocas palabras, ¿qué podría hacer ella? ¿Qué podría hacer yo?
Ahuyentadas por un golpe seco, ellas, después de nacer en mí y de haberlas mimado tantísimo, levantaron el vuelo y restaron perdidas por partes recónditas, donde lo único que hacían era buscar desesperadas la salida que una tan esperada luz señalaría. Ese golpe apagó, de repente, también a sus hermanas luciérnagas, por lo que no podían resultar un punto de apoyo en la tan lúgubre oscuridad. Restaron, como dije antes, perdidas y separadas hasta que, en pleno ojo del huracán, volvieron siguiendo a una luz débil, suficiente para regresar donde estaban, volvieron tristes, vacías y algo cambiadas: sus alas ya no transmitían el resplandor de tiempo atrás.
Hoy, día N, escribo estas pocas (o bastantes) palabras mezcladas con las lágrimas de mis ojos y los rubíes de mi corazón para anunciar que sí, después de no muchas hazañas pero unas cuantas peripecias me he visto, por primera vez, en el reflejo del espejo de mi alma, desnuda y con un corazón en la mano que latía, sin parar, al compás del ritmo que con calma dirijía mi alrededor. Una olor conocida en un pañuelo blanco despertaba en mí 1001 emociones, 1001 reacciones y 1001 ritmos diferentes, que siempre rápidos; mientras que una canción provocaba rabia, enfado, tristeza y desilusión, apretándose mi pobre corazón contra si mismo, tan fuerte, que solo la olor anterior podía salvarme del mar de ideas y contradicciones que emanaban rápidas y confusas por mi mente. Errores, ay de ellos, gracias por hacerme pasar malos ratos, gracias por, de vez en cuando, hacer vibrar las melancólicas notas de esa triste canción… porque, si no, ¿cómo podría haber alcanzado la lección que querían transmitirme?