Ahuyentadas por un golpe seco, ellas, después de nacer en mí y de haberlas mimado tantísimo, levantaron el vuelo y restaron perdidas por partes recónditas, donde lo único que hacían era buscar desesperadas la salida que una tan esperada luz señalaría. Ese golpe apagó, de repente, también a sus hermanas luciérnagas, por lo que no podían resultar un punto de apoyo en la tan lúgubre oscuridad. Restaron, como dije antes, perdidas y separadas hasta que, en pleno ojo del huracán, volvieron siguiendo a una luz débil, suficiente para regresar donde estaban, volvieron tristes, vacías y algo cambiadas: sus alas ya no transmitían el resplandor de tiempo atrás.
Después de la tormenta, dicen, viene la calma, y así quedaron quietas e hibernando durante un tiempo… el mismo que tarda lo roto en arreglarse y el sol abrirse paso frente a las persistentes nubes de tormenta.
Pero un día, en una de esas charlas interminables, en medio de una broma o quizás un chiste, o un malentendido malicioso provocado por el doble sentido de alguna palabra o frase una hermana de ellas se encendió, así, como quien no quiere nada, se encendió desprendiendo un poco de calor, poco intenso pero justo para provocar el despertar de otra y así, poco a poco y sucesivamente con todas y cada una de ellas. Las mariposas, inundadas paulatinamente por esa luz, cambiaron sus tristes colores por otros tantos más brillantes y bonitos que nunca que forman parte del arco iris.
Y ahora, en pleno invierno entenderás el porque no paso frío: una primavera ha nacido dentro de mí.