Lo que se esconde tras una máscara

18 abril 2009

la máscara tras la que se esconden los sueños

Detrás de una máscara se esconden
los sueños que las palabras provocan
y la incertidumbre de no encontrarlos,
ocultas entre las máquinas que nos rodean

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PD: Foto que mi amiga aLis me ha hecho para un concurso fotográfico de Sant Jordi. Desde aquí le deseamos mucha suerte =)

Els ocells

18 abril 2009

Encara ara m’enrecordo d’aquell dia, en el que fixant els teus ulls blaus en els meus vas dir sense dubtar: “jo, de gran, vull ser com els ocells”. “¿Com els ocells?”, vaig preguntar-te sobtada i sorpresa per la innocència que transmetien dites paraules “Per què vols ser com els ocells, Bel?”. “Doncs…” vas començar, tot mirant-te les soles de les sabates i jugant amb les pedretes que emplenien el terra, “Vull ser com els ocells perque m’agradaria saber volar. M’agradaria ser com ells, tenir dues ales que em servissin per travessar el blau cel i creuar núvols tot saludant als passatgers d’un avió que passi pel meu costat. Vull ser lliure, emigrar cap a terres solejades quan arribi el mal temps. Potser, si algun cop ho pogués ser, el meu cant encandilaria a qualsevol que fos capaç de parar-se a escoltar-me i les meves plomes de colors farien goig al saccejar-se després de remullar-me. Malgrat que si estigués dins una gàbia, no podria volar i el meu cant seria trist, i llavors preferiria ser una nena com ho sóc ara.”. Em vaig quedar sense paraules després d’aquella inesperada explicació. Amb un somriure, però, vas començar a seguir formigues i t’en vas oblidar del que acabaves de dir. Encara que al meu cor, sempre hi guardaré el dolç record d’aquell moment.

Ilusión

20 mayo 2008

Hoy voy a hablaros de una mini historia de Jorge Bucay, que por su sencillez y expresividad, se ha ganado un lugar en uno de los cuadros de mi habitación y en un recoveco de mi corazón. Pertenece al libro Cuentos para pensar, que si tenéis la oportunidad de leéroslo, os cautivará con sus diversos cuentos de no mucha extensión, que hacen reflexionar sobre temas cotidiano y no tanto. Es un libro cortito, rápido y fácil de leer y que aprovecho para recomendaroslo de la misma forma que me lo recomendaron a mi

Había una vez un campesino gordo y feo

que se había enamorado (¿cómo no?)

de una princesa hermosa y rubia…

Un día, la princesa -vaya usted a saber por qué-

Ranadio un beso al feo y gordo campesino…

y, mágicamente, éste se transformó

en un esbelto y apuesto príncipe.

(Por lo menos, así lo veía ella…)

(Por lo menos, así se sentía él…)

Juegos Florales: 1er premio B1C

23 abril 2008

Aquí os dejo la historia ganadora, espero que os guste =)

Sant JordiPara los que ya me habéis leído alguna vez, es una mezcla de dos historias mías anteriores: burbujas (el principio del relato) y momentos de inspiración (historia intercalada. Fue la primera, como su título indica, que surgió de los momentos de inspiración que sufro de vez en cuando y que por tanto, escribí). Ahora, los libros de catalán y economía me llaman a gritos, así que os dejo sin más con la historia. Espero que la disfrutéis tanto como yo al escribirla.

… sujetando más fuerte mi mano te detienes en seco. Al mirarte, sigo a esos ojos grises que me tienen robada el alma hasta encontrar el motivo de la súbita parada. Cómo no, otra cosa no podía ser. Miles de burbujas de todos los tamaños cubren el cielo durante unos instantes, mientras que, una a una, las pompas de jabón explotan. Te observo, con la boca abierta y el brazo derecho levantado, señalando las esferas brillantes con el dedo índice, solo puedes pronunciar una palabra: «¡Mira!».

Acaricio tu suave pelo dorado, es la primera vez que vienes a la feria conmigo. Damos una vuelta, mirando las paraditas llenas de algodón de azúcar y helados, o de escopetas con las que al dar al blanco ganas un gigantesco peluche. Pasamos al lado de norias, casas de terror y colchonetas para saltar. Hay mucha gente, colores y ruidos, no puedes fijarte en todo, ves una cosa y enseguida estás mirando otra, y esa sonrisa mágica no ha pensado ni un momento en borrarse de tu cara. Ahora, a nuestra derecha, hay un hombre con un gran sombrero de paja que vende globos. Al mirarlos abres aún mas la boca. Ya lo he decidido: «Escoge uno» te digo sin dudar. Los hay de muchas formas, dibujos y colores, como también de personajes de dibujos animados. Tu elección es clara, «Éste», señalando a un globo simple, de forma corriente pero de un color rojo que no puedes dejar de mirar. Y es que así eres tú, simple.

Compro un helado, de vainilla, y vamos a sentarnos en un banco. En un lado, hay una rosa, roja como el globo que con cuidado sujeta tu mano y te la enseño. La coges, como con timidez y te la acercas a la nariz, oliéndola. Te ríes y decides que te ha gustado, dándomela para que la guarde. Limpio tu boca, con un pañuelo, el helado que ahí se ha quedado, manchando también el vestidito naranja que luces junto con las coletas, recogidas con gomas del mismo color, pero con flores. Eres dulzura pura. Abro el bolso para guardar esa rosa y encuentro un tubo con jabón. Poco a poco lo destapo y soplo suavemente por las redondas del final del tapón. Cinco o seis burbujas, grandes y pequeñas, salen de allí llamando tu atención. Levantas la mano para señalarlas y se te escapa el globo.

Te miro, pendiente de tu reacción, y saludas, sonriendo, al globo, despidiéndote mientras se aleja junto con las burbujas: «Adiós, vuela y se feliz». Te siento en mi falda y te doy un beso, acordándome de… la verdad, no se si tendría que empezar a indagar por los miles de recuerdos que han aparecido de repente en mi mente. Una escena va reemplazando a otra con cierta parsimonia. Yo, vistiendo ese vestido azul, ese vestido azul eléctrico con el que tantos instantes he compartido, leyendo de nuevo las páginas del viejo libro, de la rota novela que he sido incapaz de apartar de encima de mi mesita de noche. En esa página, esa historia… ¿cómo olvidarla? La casi ininteligible letra negra… ese fragmento que rompe mi alma cada vez que lo leo.

«…Y entonces coges una rosa, roja como el rubí del colgante que descansa sobre mi pecho, y con ternura, me la pones en la oreja derecha entre los mechones de mis rizos morenos. Volvemos a estar en la misma situación, sí, otra vez. Mis ojos verde oliva miran a los tuyos y entre risas y caricias me das un beso. Esta vez me has pillado por sorpresa. Me incorporo de un salto y te ayudo a levantarte de la hierba donde hace unos instantes atrás dormíamos. “¿Vienes?” pregunto estirando de la mano que acaba de sujetar la mía. Te ríes porque me conoces, siempre hago lo mismo. Paseamos de la mano bajo los árboles. Una suave brisa viene hacia nosotros mientras seguimos el caminito de piedras blancas y grises que llevan hacia nuestro lado del bosque preferido. Nos sentamos en ese banco viejo de madera que tantos recuerdos nos trae, que tantas tardes, noches y mañanas de primavera ha soportado nuestro peso. Ahora se hace de noche, las farolas se encienden excepto la que está a nuestro lado, rota desde hace años y que nadie ha querido cambiar. Está anocheciendo, el sol cansado deja paso a la luna, hoy en cuarto creciente y a las estrellas plateadas que siempre la acompañan. Tú y yo, en silencio contemplamos éste espectáculo que, puntual y sin cansarse, día tras día se cumple. Las montañas que en invierno lucían la nieve, como si de una gorra de lana blanca les abrigase, descansan verdes por la vegetación que ha crecido en ella en la estación previa. Un cielo naranja sin nube alguna se sitúa detrás, y, el mar, a nuestra derecha cambia de color. Me balanceas suavemente, me he quedado dormida sobre tu hombro. “Aún llevas la rosa en el pelo” me dices con ternura, roja como el carmesí de los labios que tan bien conocen los tuyos…». Lloro, sé… sé que va dirigida a mí.

«No te preocupes por el globo» dices, al ver una solitaria lágrima resbalar poco a poco por mi cara « seguro que Andrés lo ha visto desde el cielo… y seguro que lo coge, seguro, seguro, seguro que te lo guarda para cuando lo necesites». Te apreto más fuerte aún contra mi pecho. No puedo… no quiero que me veas así.

Vamos andando a nuestro pequeño rincón de manera que nadie puede percatarse de nuestra existencia, de nuestra estancia en el pequeño jardín envallado que solo recibe nuestras visitas desde mucho más tiempo del que mi memoria alcanza, o llegaría a alcanzar, pues desde mi más remota infancia no recuerdo lugar más solitario, austero, pero a la vez tranquilizador.

En medio de cantos de gorrión y envueltas por el dulce y fresco aroma que desprenden las rosas (¡Sí, de nuevo rosas) blancas, amarillas y pardas del salvaje rosal, que han crecido sin cuidado alguno en el fértil suelo sobre el que paseamos en estos momentos.

Sueltas mi mano. Saltas, corriendo, hacia la fuente, sin una pizca de agua en su interior. Corres, corres y corres, a una velocidad vertiginosa, para poder levantar con el cuidado con el que acostumbras la verde baldosa que te enseñé. Debajo, el libro de poesía prohibido y recriminado por tantos, hace que tus ojos brillen. Me encanta verte tan ilusionada, con tantas ganas de continuar pese a todo lo que hemos sufrido. Lo que has sufrido… Al acercarte a mí, ya sentada bajo la sombra de uno de los diversos pinos que nos rodean, dejas a tu leve peso caer sobre mis cansadas rodillas. Observo como una pequeña pluma, bailando una frágil y parsimoniosa danza, cae lentamente, columpiándose en la dócil brisa que recorre el lugar. Observo, observo como al caer encima del desdichado libro abierto, la apartas con un débil soplo.

Al acercar tu presencia más a la mía, puedo oler el dulce aroma que desprende tu cabellera dorada, alborotada por el viento, mientras que con una cara llena de impaciencia pides correctamente que reanude la lectura de los amarillentos capítulos, llenos de ilustraciones y de complacientes aventuras. Narro, con voz melódica, pausada, los suaves versos que componen la antología poética que hace estremecer tu alma. Sonrío, la mía también. Narro, con voz cada vez más segura, con voz más y más mágica, los versos oscuros grabados en mi memoria. Los versos aquellos que de la misma forma se grabarán en la tuya, rodeada del mismo parque desangelado, de la misma fuente marchita, del olor de las mismas rosas que otrora me rodearon a mí y de los que, cuando yo ya no pueda seguir leyéndote, gracias a la llave heredada, harás que se graben en la mente de cualquiera que quiera y aprecie escucharte. De cualquiera que quiera y aprecie a la poesía.

Ahora, poco a poco el mundo se desvanece, desaparece. Ahora, con nuestra particular parsimonia entramos en el arcano cubil de la triste princesa de Rubén Darío, rodeadas del labrel que no duerme y el caballero que llega para buscar la dulzura de luz… O quizás animando al pobre elefantito que Adriano del Valle intentaba consolar (convirtiéndose, además, en la primera poesía que cautivó tu alma con sus sencillas palabras)… O quizás…

Tu liviano peso se desliza hacia un lado. Te tumbo, sin dejar de abrazarte y apoyando tu cabecita angelical encima de mi pierna derecha. Sueñas, se que sueñas. ¿Con qué? tal vez con las brillantes esferas perfectas de antes, tal vez con el rojo globo y los destellos de los reflejos que podían observarse en él, tal vez con nuestro demacrado libro o tal vez con Andrés y su gran secreto. Tú fuiste la única persona que lo entendiste, quédate con esa sensación, esos recuerdos, esas vivencias, y no te olvides nunca de ellos. Los necesitarás.

Miedo

19 abril 2008

Hoy, una historia un tanto… oscura. Espero que no me matéis por el tan repentino cambio de estilo.

Inspirada por el libro de Rebeca Saray (en la foto), Feelings.

Oscuridad.
Luces intermitentes.
Sombras que se metamorfan caprichosamente.
Jadeos, un cuerpo cansado de correr.
Una mano apoyada en una pared… resbaladiza.
Sonidos de cadenas arrastrándose.
Gritos agonizantes.
Echar a correr por pasillos enladrillados, ruinosos.
Gotas que resbalan y caen al suelo… y no solo son lágrimas.
Lamentos, pena esparcida por doquier.
Micrófonos con cables cortados.
Monitores sin enchufar… siguen funcionando.
Risas.
Pánico.
Caer al suelo paralizado
Ropa sucia, rota, empapada.
Pelo enmarañado, caído hacia delante, que no deja ver dos pupilas rodeadas de rojo.
Un personaje de negro, con sombrero, en frente.
Una sonrisa, una hoja afilada y un triste final.

Rebeca Saray

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Leer…

17 febrero 2008

A veces, dicen, una imagen vale más que mil palabras, pero yo prefiero disfrutar antes con cada una de las mil.

Remordimientos

17 febrero 2008

Tenía un brillo de ojos diferente aquella tarde fría y húmeda. Tendida en esa cama que parecía ofrecerle un poco de cobijo, habían conseguido romper su coraza llena de subjetividad romántica. Ellos, marionetas movidas por un ente llamado sociedad, sin querer, habían podido sacarle un secreto que la tarde anterior había jurado guardar.

Su brillo de ojos, sentía temor, miedo a ese ente tan poderoso, miedo a la imagen reflectada que suelen ver las personas que no han tocado el corazón y sobretodo vergüenza, de ella misma, de no haber sabido negar la afirmación, de haber caído en la trampa de telas de una viuda negra que prometiendo guardarlo, no le da importancia y tarde o temprano utiliza para atrapar a alguien más. Ahora comprendía: la sociedad vive, se alimenta gracias a los prejuicios, gracias al aspecto, a las apariencias, hoobies y cosas diversas que ella marca. Solo hay dos posturas, araña y presa, si te atrapan, intenta a la vez tejer una red para atrapar.

Aún revuelta entre sábanas deshechas, dos lágrimas de impotencia tiñeron de un color más oscuro la funda de la almohada. En ese mismo instante y seguido por un instinto, de esos que provienen de vete a saber donde pero que tienen la fuerza e intensidad de uno, o dos, huracanes, entró en la habitación. Ella, quieta, observaba como se acercaba al borde de la cama, le acariciaba el pelo y se estiraba a su lado. No dijo nada… pero con solo su presencia le parecía el poema más bonito compuesto jamás. Recordó entonces un día anterior, en el que ciertas personas le reprocharon su forma de ser, le animaron a cambiarla y justo antes de ni tan siquiera planteárselo, el dueño de una mota de energía de la que tenía estirada justo al lado le preguntó: ¿Vas a cambiar una de tus mejores virtudes sólo porqué no saben apreciarla, sólo porqué el ciego ente lo ve como un defecto?

Dicho y hecho, abrió los ojos y vio y notó que quien estaba a su lado no era ni más ni menos que todas las personas que le importaban juntas, que todos los buenos momentos vividos, que esas tijeras de energía positiva que consiguen cortar la tela que atrapa y que toda la fuerza de voluntad necesaria para crear de nuevo una coraza.

Al abrir los ojos no estaba ya… solo quedaba el perfume, la olor a seguridad y un calor especial que demostraba su efímera y a la par eficaz y tranquilizadora visita.

¿Qué ocurre?

4 febrero 2008

Primera historia del año…

 

Ruido de coches. Olor a humedad. Sensaciones que suben y bajan incansables desde la cabeza hasta los pies. Impaciencia mezclada con risas y manos en alto, para poder evitar chocar con algún atrevido obstáculo y de fondo, una presencia tan dulce y segura, que hace desaparecer la pequeña traba que acaba de aparecer delante de los ya cansados ojos.
Cinco, diez, veinticinco… pierdo la cuenta de los pasos. Un escalofrío, recorriendo y llenando el cuerpo iluminado por la débil luna, alimenta la imaginación y con ella la fantasía. ¿Qué pasa? ¿Por qué ocurre?
En sonido de la concurrida carretera hace rato que ha desaparecido, dejando paso al crec crec de hojas pisadas y el continuo resbalo de lo que se deduce que es barro.
Cesan los pasos a la misma vez que las manos dejan libre el lugar que ocupaban sobre la cintura. Con un agradable estironcillo en el pañuelo de seda y un ligero toque de gracia, éste cae con suavidad deslizándose por la cara.
Al abrir los ojos ya lo sé, ya lo siento. No existen las palabras ya… sólo el compás de un joven corazón que lo dice todo, que no late solo.
¿Qué pasa? No lo sé ¿Por qué ocurre? Desconozco la respuesta. Nada más queda añadir: la mejor forma de devolver un momento inolvidable es saber disfrutar de él.

Árboles, ¿solo eso?

24 diciembre 2007

Fragmento final del artículo de costumbres publicado en la entrada anterior

Sentada yo aún en mi banco, en silencio, vi acercarse poco a poco a Clara, el reflejo del espejo de mi ser. Ella, a mi lado ahora y su siempre sonrisa iluminando el recoveco donde estamos.

– Lo has vuelto a hacer.

De su boca, junto con sus palabras, escapa también un aliento que, congelado en apenas unos segundos, se esparce, teñido de blanco y desaparece moldeándose antes en mil y una formas en la grandeza de la plaza, igual que los corazones de la sociedad que siempre nos ha rodeado, fríos, congelados y con ansias de pasar desapercibidos, moldeándose para parecer idénticos a los del resto y no destacar, no ser la oveja negra del blanco rebaño.

– Ya.
– Están preocupados.
– Dime, mira a tu alrededor, que ves?
– No saben donde estás, ni con quien – desplazando la cabeza hacia ambos lados, piensa, con desdén «Nunca vas a cambiar» –. Árboles, veo árboles, simples árboles.
– Árboles, cierto, estamos rodeadas de solo unos pocos de ellos. Pero, cierra tus ojos un momento, atenta, imagina que estamos en medio de más árboles, muchos más árboles… estamos sentadas en un banco, en el mismo que ahora, pero en medio de un campo repleto de limoneros. Limoneros por todas partes, limoneros por delante, por detrás, a nuestros lados… todos veteados de amarillo y en medio de ellos, un naranjo. Un naranjo, sí, que criado en medio de ellos ha pasado desapercibido hasta que sus características innatas han florecido, han salido a la luz, en vez de nacer en el limones han dado naranjas, no limones, naranjas. ¿Puedes imaginar lo que supone? De él se esperaba que siguiera el ejemplo, que imitase el modelo considerado más correcto por los demás y no ha cumplido, no ha dado limones, por lo que seguramente el dueño del limonar lo sustituya por otro limonero o no lo cuide como debería… así pasa hoy en día, todos somos limoneros, pero, ¿y si algún naranjo nace? ¿Y si se niega a querer dar limones?

 

Nuestra conversación no tiene mucho significado para ella, por lo que decido callarme y seguir merodeando por los caminos de mis pensamientos. Aunque si algún día llegase a comprender mis pocas palabras, ¿qué podría hacer ella? ¿Qué podría hacer yo?

En un banco de madera… y todo lo que ello supone

19 diciembre 2007

Trabajo de literatura que trata de redactar un cuadro de costumbres como si vivieras en la época costumbrista imitando el estilo de Larra. Sinceramente, creo que podría haber salido mejor, igualmente os lo dejo a continuación:

 

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