En un banco de madera… y todo lo que ello supone

Trabajo de literatura que trata de redactar un cuadro de costumbres como si vivieras en la época costumbrista imitando el estilo de Larra. Sinceramente, creo que podría haber salido mejor, igualmente os lo dejo a continuación:

 

En uno de esos escasos momentos en los que consigo llegar sin más complicaciones a cualquiera de los múltiples bancos de madera, de los que se encuentran siempre cerca de la fuente del ayuntamiento, escapando a hurtadillas y saltando por la baja ventana de la casa de mis padres no muy lejos del centro alcanzo el destino a pie, paseando por esas ya adornadas calles hibernales que llevan a todo el que las cruce a sitios, aunque no idénticos muy similares, llenas de gente que, aún vestida con ropa laboral de la jornada concluida apenas horas, incluso minutos atrás, de respectivos comercios y fábricas, con prisa y demasiadas cosas en la cabeza para percatarse tan siquiera de mi existencia o de los tantos muchos con los que por ambos lados se cruzan, pasan por delante de portales y ventanas donde incipientes luces de chimeneas y débiles velas iluminan a familias enteras por fin reunidas, pero demasiado demacradas para disfrutar auténticamente de las fechas que se avecinan… Risas de niños correteando por las calles, el canto de villancicos pidiendo el aguinaldo, cierto olor conocido a pavo con ciruelas, todo esto, y cientos de sensaciones más, a mi alrededor aparecían y desaparecían por capricho de la ciudad, que cubierta por nubes que sin duda alguna anunciaban lluvia, o quizá nieve, se preparaba para el inevitable cambio de año.

Así estaba yo, sumergida en tales pensamientos cuando por fin vislumbré al tan esperado banco, y, sin querer pero al fin y al cabo cayendo en la ya monotonía establecida, después de atravesar el caminito de piedras blancas y grises, aparté mi abrigo, coloqué mi larga falda como siempre y me senté, dejando caer mi totalidad sobre esos pocos listones de madera carcomida llenos de marcas de navaja, de antigüedad ciertamente indefinida, sostenidos gracias a dos grandes y pesadas piedras grises que llevaban allí más tiempo del que mi abuela, un día cuando aún podías escuchar el dulce sonido de sus pasos al caminar resonar por las paredes de mi alcoba, se pudo llegar a acordar.

De mi abuela lo único que conservo son los recuerdos de los largos paseos que, cada tarde que venía a la ciudad y de la misma forma que Sócrates hacía con sus discípulos, me enseñaba a pensar por mí misma, a ver que podía valerme por mis instintos más de lo que la sociedad podía considerar en una mujer -eso sí, siempre a escondidas de mis padres- gracias a la educación que ella con mucho esfuerzo e incluso más amor me fue poco a poco inculcando: aprendí a leer y a escribir y a comprender todo aquello que leía y escribía, más importante lo segundo aún que lo primero, aprendí un poco de historia antigua, Grecia y Roma y nociones básicas de matemáticas gracias a una Biblia suya, que llevaba cada día que iba, más bien por costumbre que por devoción, a la misa reglamentaria, donde intercalados entre credos y pasajes estaban escritos poemas e historias que, a parte de fascinarme y provocar mi afición a la lectura, me ayudaron a comprender más las lecciones suyas. Había incluso poemas de amor de ella escritos a mano… supongo, y supongo bien, que mi abuelo jamás los llegó a leer o en el mejor de los casos escuchar.

Había también páginas en blanco, que poco a poco dejaron de serlo en las ya pasadas tardes de verano cuando mi madre pensaba que era ya, al no separarme de mi más preciado tesoro católica devota, igual que ella y el resto de españoles que se considerasen como tal, que seguían las procesiones de la virgen de turno con tanta intensidad y emoción que bien parecía que la misma virgen en persona, vivita y coleando, se encontrara en su interior y no como en verdad una figura que la representaba, cuidada en extremo, galardonada y llena siempre de adornos y colgantes adornos del oro más fino y vestida con ropa rica y elaborada hasta el más mínimo detalle, que, pienso yo, contrasta con el pobre vulgo que apenas con nada para calmar los lastimeros rugidos de su estómago, y el de sus hijos y hermanos y amigos y vecinos… pero los veneran con tanta pasión que, para ellos, equivale a la calma de ese hambre y de esa manca del dinero suficiente para su más mínima manutención. Cada uno ha de buscar la forma, más o menos fácil, que comporte más o menos problemas y dolores de cabeza y a poder ser que solucione alguno, que ya toca, para cubrir las carencias de su alma.

Sentada yo aún en mi banco, en silencio, vi acercarse poco a poco a Clara, el reflejo del espejo de mi ser. Ella, a mi lado ahora y su siempre sonrisa iluminando el recoveco donde estamos.
– Lo has vuelto a hacer.
De su boca, junto con sus palabras, escapa también un aliento que, congelado en apenas unos segundos, se esparce, teñido de blanco y desaparece moldeándose antes en mil y una formas en la grandeza de la plaza, igual que los corazones de la sociedad que siempre nos ha rodeado, fríos, congelados y con ansias de pasar desapercibidos, moldeándose para parecer idénticos a los del resto y no destacar, no ser la oveja negra del blanco rebaño.
– Ya.
– Están preocupados.
– Dime, mira a tu alrededor, que ves?
– No saben donde estás, ni con quien – desplazando la cabeza hacia ambos lados, piensa, con desdén «Nunca vas a cambiar» –. Árboles, veo árboles, simples árboles.
– Árboles, cierto, estamos rodeadas de solo unos pocos de ellos. Pero, cierra tus ojos un momento, atenta, imagina que estamos en medio de más árboles, muchos más árboles… estamos sentadas en un banco, en el mismo que ahora, pero en medio de un campo repleto de limoneros. Limoneros por todas partes, limoneros por delante, por detrás, a nuestros lados… todos veteados de amarillo y en medio de ellos, un naranjo. Un naranjo, sí, que criado en medio de ellos ha pasado desapercibido hasta que sus características innatas han florecido, han salido a la luz, en vez de nacer en el limones han dado naranjas, no limones, naranjas. ¿Puedes imaginar lo que supone? De él se esperaba que siguiera el ejemplo, que imitase el modelo considerado más correcto por los demás y no ha cumplido, no ha dado limones, por lo que seguramente el dueño del limonar lo sustituya por otro limonero o no lo cuide como debería… así pasa hoy en día, todos somos limoneros, pero, ¿y si algún naranjo nace? ¿Y si se niega a querer dar limones?

 

Nuestra conversación no tiene mucho significado para ella, por lo que decido callarme y seguir merodeando por los caminos de mis pensamientos. Aunque si algún día llegase a comprender mis pocas palabras, ¿qué podría hacer ella? ¿Qué podría hacer yo?

 

PD: se que tanto texto seguido se hace un poco pesado de leer, por eso lo he separado en diferentes partes que el documento original no tiene para una lectura más llevadera de vuestra parte

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Una respuesta to “En un banco de madera… y todo lo que ello supone”

  1. Árboles, ¿solo eso? « Simplemente… sin remedio Says:

    […] Simplemente… sin remedio Blog personal, con relatos e historias escritas por mi, videos, fotos… mi bitacoras =) « En un banco de madera… y todo lo que ello supone […]

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